sábado, 3 de septiembre de 2011

"Quien se atreva a enseñar, nunca debe dejar de aprender".


Una antigua leyenda atribuye al poder de un anillo el vasto conocimiento de Salomón; el hombre más sabio de su tiempo. En cierta oportunidad se le cayó la sortija en el río Jordán y debió esperar que un pescador la recuperase de las aguas para hallar de nuevo su magnífica inteligencia. El anillo fue, para algunos, el símbolo de su sabiduría y  de la potencia que llegó a tener sobre todos sus súbditos. Un sello de fuego recibido del cielo. Un dominio  espiritual y material con el que guió a hombres y a demonios. Otras fuentes consideran que la sabiduría del rey Salomón provenía de sus quinientas esposas. Una convivencia capaz de poner a prueba al más experimentado y matar por agotamiento físico y psíquico a cualquier inexperto. Lo cierto es que, muy anciano y moribundo, el sabio rey languidecía postrado en su cama. Sólo le restaba esperar su gloriosa despedida. La habitación estaba calentada con los carbones de un brasero vivamente encendidos. Fue entonces cuando interrumpió un niño de la corte, y dijo: 
- Vengo a llevarme una de las brasas.
- Y ¿cómo te la vas a llevar?, preguntó un médico acompañante.
- Con la mano, respondió solícito el muchacho.
El rey Salomón, que había escuchado cautelosamente el diálogo, se inclinó. Quería ver de qué manera el joven recibía una dolorosa lección. El mozalbete se dirigió al brasero. Llenó con una buena cantidad de cenizas frías su mano, tomó rápidamente un carbón encendido y salió corriendo sin quemarse. Salomón suspiró profundamente. El médico, atento a todos sus movimientos, le preguntó:
- ¿Qué está haciendo mi rey?.
- Estoy aprendiendo.
Y murió.

"Cuentos para regalar a personas inteligentes" de Enrique Mariscal.

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